El actor cubano Tony Cortés no llegó al tabaco por moda; llegó por herencia. Hay historias que no empiezan en una oficina ni en una sala de juntas; comienzan en silencio.

“En mis 57 años de vida, crecí en un seno familiar de tabacaleros”, expresa Cortés, reconocido actor y productor de Miami. Su abuela, Cuca, torcedora. Sus manos firmes y precisas daban forma a lo intangible. Su madre, anilladora. Un oficio casi invisible, profundamente femenino, pero esencial: colocar la vitola que define la identidad de un puro.

Su abuelo, “Espina”, emigrante venezolano vinculado como accionista y fundador a la histórica fábrica La Corona, una de las casas más emblemáticas del habano desde principios del siglo XX. No era una profesión; era un ecosistema. “El tabaco estaba en todo: en el aire, en la conversación, en la forma de vivir”. El habano no es simplemente un cigarro; es una construcción cultural. Desde los rituales de los pueblos originarios del Caribe hasta las grandes casas tabaqueras del siglo XIX, el tabaco ha sido símbolo de poder, introspección y pertenencia.

Cuba no lo inventó; lo perfeccionó y lo convirtió en arte.

Cuando Tony Cortés entra en la industria del entretenimiento, el habano ya formaba parte de su identidad; no como accesorio, sino como extensión. En reuniones, en sets, en conversaciones de negocio, siempre había dos elementos constantes: café y tabaco. Con el tiempo, la relación con el habano se transforma de hábito a conocimiento; de gusto a obsesión. Investigando para producciones en España y Estados Unidos, Cortés profundiza en la historia de las marcas, las vitolas y los linajes. Comienza a coleccionar anillas antiguas, vitolas olvidadas y fragmentos de historia. Hay nombres que no necesitan presentación: “Tabacalera” es uno de ellos. Un concepto que atraviesa siglos de historia, monopolios, expansión global, construcción de marca y cultura. Un nombre que no describe una empresa; describe una tradición.

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“No estaba creando algo nuevo… estaba regresando al origen”.

En la cima del mercado premium no basta con calidad; se exige identidad. El objetivo es claro: crear un tabaco de primer nivel, con carácter, profundidad y presencia. Pero hay algo más: un equipo. Torcedores, animadores y expertos que no solo conocen el tabaco cubano, sino que lo han vivido.

Para Cortés, este proyecto no es solo empresarial; es personal. Es un tributo a su abuela, a su madre, a su abuelo; a toda una herencia que no se estudia, se vive. “Esto no es un comienzo. Es el cierre de un ciclo”. Cortés lo resume así: en cada habano bien hecho hay historia; en cada vitola, identidad; en cada pausa, un acto de poder silencioso.

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